El 2008 comenzó para mí cuando, con esfuerzo y muchos nervios, tragué la última de las doce uvas. Emocionado por el nuevo año, me coloqué la corbata para pasar una noche inolvidable. Como todos los años recibí pisotones, me vomitaron al lado, me quedé sin canapés, ni churros, ni chocolate, me quemaron la camisa con un cigarro, pero algo nuevo me esperaba, algo fantástico, porque cuando por fin me iba a casa, agotado, descubrí que me habían perdido el abrigo en el ropero.
El día de reyes corrí hacia el árbol, o el suelo del salón, donde este año los queridos magos habían depositado cuatro paquetes mal envueltos, ilusionado por ver qué había. No engañé a nadie cuando, al desenvolverlos, intenté sacar una sonrisa de lo más profundo de mi corazón, que en ese momento estaba hecho pedacitos. Unos calcetines. ¿No se han enterado los reyes magos que eso hoy en día se compra en cualquier chino por dos euros?.
Los días pasaban sin más, pero durante meses mantuve la esperanza de ascender en el trabajo, encontrar un piso económico para ir a vivir con la pareja que aún buscaba, que me tocase la lotería o el sueldo del Nescafé.
En agosto llegó mi cumpleaños. Cerré los ojos dispuesto a soplar las velas con un deseo. Recordé el día de reyes y supliqué un buen regalo, no coches, ni casas, ni ser el dueño de Microsoft, ni siquiera la paz mundial, sólo un regalo decente. Pero la gente que me quiere no debe conocerme lo suficiente, y me volvieron a regalar un par de calcetines.
La vuelta al cole sólo supuso la incorporación de un capullo a la plantilla del trabajo y la subida del abono transporte. Últimamente en las noticias oí algo de una crisis y de un afroamericano en EEUU. Se llevó un Grammy, creo, no lo explicaron bien.
Hoy sigo soltero, con el mismo sueldo, sin vacaciones de lujo, esperando que llegue el 2009 para volver a ilusionarme con posibles cambios a mejor. Pero no todo es negativo. Este mes superé dos catarros, una gastroenteritis, encontré dos euros en una chaqueta y bajé a los chinos a por otro par de calcetines.

